Testimonio de un ex-bracero

Tarjeta de bracero.


Jesús Campoya Calderón, originario de San Diego, Chihuahua, fue uno más de los miles de braceros que laboraron en los campos de Texas y Nuevo México. Don Jesús actualmente vive en México y aún recuerda sus años de "bracero" allá por los cincuentas. Lo más difícil era decidirse a enrolarse de bracero, dejar de trabajar su propia tierra y dejar a la familia. Lo demás era fácil, según recuerda y nos platica.

Para aplicar, los candidatos tenían que trasladarse a la Ciudad de Chihuahua y presentarse en "el trocadero", lugar cercano a la estación de ferrocarril donde se hacían las contrataciones de braceros.

"El trocadero" era manejado por oficiales americanos y su área principal consistía de una hilera de ventanillas. El primer paso era someterse a una entrevista sencilla inicial en la primera ventanilla. Una vez que respondía satisfactoriamente las preguntas del primer oficial, el aplicante pasaba entonces a la segunda ventanilla para someterse a un interrogatorio más intensivo sobre su experiencia laboral y sus calificaciones. A ese segundo funcionario el aplicante tenía que mostrar las manos para enseñar las huellas físicas del rudo trabajo del campo. Una vez aprobado era enviado a la tercera ventanilla donde firmaba su contrato y le tomaban la fotografía que adornaría su tarjeta de bracero. La mayoría de los aplicantes salían en la foto con cara de desvelados, desaliñados y medio asustados ya que este trámite final siempre los tomaba de sorpresa, ya sea porque desconocían el proceso o simplemente porque no creían que iban a ser contratados.

Días después, los contratados eran transportados de la Ciudad de Chihuahua a la frontera. En Ciudad Juárez esperaban otro par de días mientras los oficiales del Servicio de Inmigración estampaban el sello de aprobación en sus permisos. Luego, de El Paso eran transportados al Centro de Procesamiento "Río Vista" localizado en Fabens, en el llamado Valle Bajo de El Paso. En dicho centro los hacían que se bañaran y luego los rociaban con un extraño polvo blanco, "para matar las pulgas mexicanas", según les dijo burlónamente un oficial gringo. Esa tarde les dieron de comer pan de caja y salchichón. "Después de varios días sin comer, el sandwich nos supo a gloria", recuerda Campoya. Más tarde llegaron los agricultores a escoger a "sus" trabajadores que necesitan para sus ranchos. Los más jóvenes eran empleados primero y los más viejos se quedaban al último.

"En los ranchos hacíamos de todo, aunque nuestro contrato era para la pisca del algodón". Durante el día piscaban algodón desde que amanecía, pero en las tardes y los domingos, los llevaban a reparar cercas o a pintar la casa del rachero. Naturalmente, sólo se les pagaba por el algodón que piscaban de las 6 de la mañana a las 5 de la tarde. Al piscador se le pagaba $2.10 (dos dólares y diez centavos) por las cien libras de algodón. El mejor piscador de algodón (que por lo regular era de Coahuila) hacía unas 300 libras diarias. Un buen piscador podía ganar hasta $31.40 en una buena semana. "Parece poco, pero nomás fíjate que en ese entonces los mejores pantalones de mesclilla te costaban $1.98..."

Una vez a la semana los llevaban al pueblo a comprar víveres y cigarros. Algunos aprovechaban para mandar dinero a sus familias por medio de giros bancarios. "Yo no lo hacía porque no le tenía confianza al banco y mejor guardé todo mi dinero. Trabajé cuatro meses, siete días a la semana, cuando menos 12 horas diarias y al final del contrato regresé a mi casa con casi 300 dólares en la bolsa..."

"Esos si eran buenos tiempos..."

 

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